Carta de monseñor Juan Rubén MartÃnez, obispo de Posadas
La Iglesia necesita que los cristianos realmente seamos testigos de la Pascua.
Carta de monseñor Juan Rubén MartÃnez, obispo de Posadas para el Domingo de Pascua. Después de haber acompañado a Jesucristo, el Señor, en estos dÃas desde la celebración de Ramos en su llegada a Jerusalén, donde el Dios hecho hombre dio su vida, sufrió y murió por nosotros; este domingo celebramos aquello que es central para nuestra fe: la Resurrección del Señor. Por eso en el Evangelio que leemos [Jn 20,1-9], dice: «El primer dÃa de la semana, de madrugada, cuando todavÃa estaba oscuro, MarÃa Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra habÃa sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discÃpulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puestoâ€Â» El relato nos señala que los dos fueron al sepulcro y vieron que el Señor no estaba y termina diciéndonos: «TodavÃa no habÃan comprendido que, según la Escritura, Él debÃa resucitar de entre los muertos».
Es importante repasar y leer desde la fe estos momentos cruciales de la historia humana, que por el amor que Dios nos tiene se transformaron en historia de la Salvación. Este domingo celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte: La Resurrección de Cristo. ¡Es la celebración de la Pascua y de la Esperanza!
Sabemos que en el centro de la acción evangelizadora de la Iglesia, que es su razón de ser, está la experiencia fundamental que cada cristiano tiene que hacer de Jesucristo, el Señor, el que murió y resucitó. ¡Esta es la experiencia Pascual! Es la certeza de que a pesar de tantas situaciones personales o comunitarias de dolor y de fracasos, sabemos que la Vida triunfa sobre la muerte, y que podemos seguir caminando aun cuando convivimos con sufrimientos. También esta experiencia Pascual nos reubica ante los logros y éxitos, placeres y alegrÃas, sabiendo que son dones de Dios y nos ayuda a no ponernos en el lugar de Dios. Esta experiencia pascual nos hace discÃpulos y misioneros.
En el documento de Aparecida leemos: «El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discÃpulo: No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios como el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús» (Aparecida 243).
Si bien es ciertoque transitamos por un profundo cambio de época y una marcada crisis que afecta la comprensión de los valores y la misma evangelización, también hay que señalar que la Iglesia con la asistencia comprometida del EspÃritu Santo y la experiencia de tantos testigos-discÃpulos de Jesucristo resucitado, siempre fue dando respuestas a los desafÃos que se presentaron en la historia. Hay una cierta mirada que analiza los hechos desde la superficie, sin discernir los signos más profundos que vive nuestro tiempo. Desde esa mirada se entiende la misión de la Iglesia como un mero defender tradiciones.
Esa mirada, en general, está ligada a ciertos ambientes más sofisticados y complejos que pretenden un mensaje moderno, liviano, sin la cruz, y sin compromiso con la revelación dada en la Palabra de Dios. En estos ambientes, a menudo falta una comprensión más profunda de las cosas de la fe que ayude a no pretender simplemente adecuar el Evangelio a las situaciones personales.
La Iglesia necesita que los cristianos realmente seamos testigos de la Pascua. Sin esta experiencia indispensable no llegamos a ser discÃpulos de Jesucristo resucitado y menos misioneros de Él. Siempre, aún con dificultades, la Iglesia buscó y buscará dialogar con las nuevas realidades que se dan en la dinámica de la historia. No sólo está llamada a dialogar, sino a amar el tiempo y la gente concreta que vive, sufre y que se alegra… todo esto con el gozo de la vocación que es un don de Dios y que no implica relativizar lo que creemos, ni perder nuestra identidad.
En este domingo de Pascua queremos transmitirle a tantos hermanos y hermanas que están tristes y sufren, a muchos que perdieron la fe y a veces el sentido de la vida, que nuestra existencia está cargada de sentido cuando nos encontramos con Dios. Con un Dios que por amor se hizo uno de nosotros, que asumió nuestros sufrimientos, que murió y Resucitó. ¡Feliz Pascua!
Mons. Juan Rubén MartÃnez,obispo de Posadas.
